Humor Elemento Órgano
Sangre Aire Hígado
Bilis Fuego Vesícula Biliar
Bilis Negra Tierra Bazo
Flema Agua Cerebro/Pulmón
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"Por consiguiente, es posible ir demaciado lejos, o no lo bastante, en el miedo, el orgullo, el deseo, el enojo, la piedad y el placer y el dolor en general, y el exceso y el defecto son erróneos por igual; pero sentir estas emociones en los momentos correctos, por los objetos correctos, hacia las personas correctas, por los motivos correctos y de manera correcta, constituye el bien medio o mejor, que es fruto de la virtud. [Ética Nicomaquea. Aristóteles]". Éste pequeño párrafo ilustra de una manera muy bien explicada el inicio de lo que ahora conocemos como la Inteligencia Emocional. Concepto propuesto por Goleman en su 'Best Seller' que lleva el mismo nombre.
Cada vez que escucho hablar del seudo intelectualismo de Sigmund Freud, de sus métodos unilaterales y de su pensamiento reduccionista, me digo a mí mismo: “De todas maneras, ustedes dicen esto pero no es exacto; o en todo caso es una verdad a medias, ya que no tienen en cuenta lo esencial –el hombre Freud, que he conocido, y con quien mantuve conversaciones en Viena, durante mis años de estudio, que tuvieron para mí una significación muy importante. Este hombre era más abarcativo, más rico y gracias a Dios más contradictorio en su fuero íntimo que sus doctrinas”. Cuando hablé recientemente con algunos amigos a propósito de mi encuentro personal con Freud, me pidieron encarecidamente que escribiera los recuerdos que había guardado de él y me plantearon casi como una obligación el hecho de difundir, para círculos más amplios mis observaciones que, arrojando una luz poco habitual sobre esa personalidad genial y tan diversamente criticada, podían corregir una cantidad importante de opiniones equivocadas sobre la misma. En primer lugar me invadió la duda. Efectivamente, habían transcurrido unos cincuenta años desde ese primer encuentro. Hasta donde llegaba mi memoria, no había tomado ninguna nota del mismo, y me preguntaba con cierta desconfianza si el tiempo no había cambiado algo que fuese decisivo con respecto a esta imagen conservada durante tantos años en mi mente, de tal modo que no correspondiera más a la realidad. Pero me percaté de todos modos que, aún así, esta imagen tenía algo para decir. Y cuando, poco tiempo después, recibí una invitación de un círculo de médicos para dar cuenta de mis encuentros con Freud, decidí aceptar la invitación, y brindar un testimonio sobre este hombre extraordinario, corriendo el riesgo de que muchas cosas se hubieran escapado de mi memoria, y que otras se presentaran hoy de un modo diferente, al que tenían en mis años de juventud. Mientras me esforzaba para recordar los detalles de los encuentros de antaño, todo lo que acudía a mi memoria me aparecía extremadamente fragmentado. Pero el azar, o el que llamamos como tal, me favoreció como siempre en mi vida. Me había dedicado, por otros motivos, a hurgar en una caja llena de viejos papeles, cuando encontré un sobre semi roto, que decía: Extractos de mis cartas sobre Freud. Estas cartas, que había olvidado completamente, habían sido dirigidas inmediatamente después de estas conversaciones a un amigo de juventud, y, lo recordaba ahora, había conservado para mí los pasajes que se referían a Freud. Estas hojas de un papel amarillento de los años 1904-1905 contenían, de un modo fragmentario, las palabras que Freud había pronunciado textualmente. De modo que no era necesario confiar solamente en mis recuerdos de juventud empobrecidos por el transcurrir del tiempo que podría deformar los mismos, podía apoyarme sobre las palabras auténticas de Freud.
"Montevideo, Uruguay, 13 de diciembre de 1935: una joven y brillante estudiante de magisterio mata a su padre de varios balazos. La noticia en los periódicos sacude a la ciudad. Luego vino el proceso: las declaraciones ante el juez de Iris Cabezudo -ásí se llamaba la joven- las de su hermano, la versión escrita por la madre, las declaraciones de otros testigos, los argumentos de la Defensa, los peritajes psiquiátricos, y la sentencia del juez componen un primer conjunto de documentos reunidos aquí por Raquel Capurro y Diego Nin. La prensa y la justicia acogieron la versión materna de los acontecimientos de la que Iris parece hacerse eco: el padre tirano violento, la madre de la víctima de esa violencia de la que sus hijos eran cotidianos testigos. Apoyado en los peritajes, el juez concluye en la inimputabilidad de la joven que -en un rapto- habría matado a su padre por miedo ante su amenaza asesina. Liberada después de un año retorna a su casa y a sus estudios y comienza a trabajar como maestra. En esos años, y como se sabrá después, descubre con sorpresa que nada ha cambiado en su familia. Su madre continúa haciendo reproches póstumos al padre como si éste aún continuase vivo. Analizando la conducta materna, Iris concluye que en realidad fue esta madre, apasionadamente amada e idealizada, la verdadera causa de las desgracias familiares. Se produce tal transformación en sus convicciones que en diciembre de 1956 busca un psiquiatra para pedirle que examine a su madre. En ese momento su historia da un vuelco: el psiquiatra la interna con un diagnóstico de paranoia. Con un hermoso estilo literario Iris se defiende por escrito. Delira. Finalmente logra el alta con una doble condición: no debe voler más a su casa y debe aceptar ser jubiliada de su trabajo de maestra. Comienza así su vida de vagabunda. ¿Qué relación se puede establecer entre el crimen y este delirio en dos escenas mediante el cual intenta Iris explicarse? En el postfacio los autores abren algunos caminos de respuesta en un libro apasionante por su diversidad y riqueza documental". [Contraportada del libro].
“…el amor es paciente, es amable;